Lisboa. Portugal



Era la tercera vez que me disponía a visitar el Castillo de Sao Jorge. Quería enseñar a mis amigos una de las mejores panorámicas de la ciudad. Hacía un día magnífico por lo que decidimos no coger el tranvía y hacer un poco de ejercicio.
Capital cosmopolita y moderna, Lisboa conserva aún su rostro de ciudad vieja inspirándonos nostalgia en cada paso que dábamos. Mientras recorríamos Rua Augusta, calle principal del centro histórico, íbamos dejando atrás a numerosos artistas callejeros. Pintores, acordeonistas y mimos de todo tipo reducían nuestro paso en cada una de las pausas que hacíamos para observarles.
Tras desviarnos por Rua dos Bacalhoeiros comenzamos a subir hacia el “castelo”. Las innumerables y empinadas cuestas nos facilitarían la tarea de pasear sin prisa, premisa casi obligatoria cuando se visita Lisboa.

Llegamos a la catedral, uno de los monumentos más emblemáticos y antiguos de la ciudad. Imponente, robusta, de gran sencillez y con aspecto de fortaleza románica.

Continuamos nuestra subida por las adoquinadas calles cruzándonos con cafés, bares típicos y tiendas de regalos, algunas de toda la vida y otras todavía con olor a nuevo y con modernos souvenirs.

La estrechez de las aceras nos obligaba a caminar en fila india evitando de este modo un encontronazo con el famoso tranvía 28, rápido en la bajada, pero ruidoso y aparatoso en las curvas.

La señal que indica el desvío hacia el castillo quedaba a nuestra izquierda pero, antes de comenzar a subir una nueva cuesta inacabable nos detuvimos para coger aire en el Mirador de Santa Luzía. Desde su alto disfrutamos de las vistas del estuario del Tajo y del color suave de los tejados del barrio de Graça.

Tan sólo nos quedaba el último tramo, un par de cuestas protegidas a los lados por fachadas con azulejos de colores variados. El calor mitigaba nuestro ánimo, pero la prometida recompensa panorámica merecía el esfuerzo. Seguimos subiendo.

Por fin, alcanzamos la puerta de nuestro destino. La plaza principal, situada en su ciudadela, nos descubrió un impresionante mosaico de calles y casas. Nos quedamos paralizados al contemplar a media Lisboa sepultada bajo nuestros pies y enmarcada por el Tajo y el puente 25 Abril. Pasamos el resto de la tarde sentados en la muralla, callados, simplemente observando el intrincado laberinto que se extendía hacia el horizonte.

Agotamos las horas hasta el atardecer, lo que me permitió descubrir un paisaje nuevo con la caída del sol. Tan sólo unos segundos después la panorámica se embelleció más si cabe. Era mi tercera visita, pero la primera vez que veía ese espectáculo. La ciudad se volvió roja y, en unos instantes, se apagó.


Trinidad. Cuba


Antonio y Mari, dueños de la casa familiar en la que nos alojábamos, nos recibieron con gran hospitalidad, deliciosa, igual que el sabor de los mojitos caseros que amablemente nos prepararon. Estuvimos sentados un largo rato en el patio interior de su casa colonial, lleno de columnas y vegetación. Antonio, gran conocedor del ron cubano (debido a sus muchos años trabajando en la materia) nos dio un pequeño curso sobre su elaboración. Tras una breve conversación sobre la vida trinitaria nos recomendaron visitar la Casa de la Música y sin pensárnoslo dos veces nos dirigimos hasta allí.

Paseando entre el silencio de sus calles, llenas de bullicio durante el día, pero dormidas durante la noche, pudimos contemplar las grandes casas coloniales, cargadas de ornamentación, columnas y hierro forjado. Su intenso colorido aún podía distinguirse a pesar de la falta de luz. Silencio, sólo se oían nuestros pasos en la carretera sin asfaltar. Poco a poco comenzamos a escuchar un murmullo de gente a lo lejos y seguimos su rastro convencidos de que nos llevaría hasta la Casa de la Música. Estábamos en lo cierto.

El vacío y el sigilo que nos acompañaban se convirtieron en un inmenso tumulto de gente charlando y bebiendo animadamente. Los camareros, con las bandejas repletas de vasos de ron y mojitos sorteaban, con una facilidad indiscutible, las piernas aglomeradas en una inmensa escalinata que hacía las veces de grada.

Localizamos un buen sitio y comenzamos a degustar el segundo mojito de la noche. Una veintena de focos iluminaron de pronto el improvisado escenario callejero. Eran las diez en punto y la orquesta comenzó a tocar. El graderío se levantó y se adueñó de la escena bailando al ritmo de las inconfundibles notas caribeñas.